miércoles, 19 de octubre de 2016

La distancia del beso a veces se convierte en amor


La distancia del beso a veces se convierte en amor


Quedan las sonrisas y el tiempo, ese monstruo que puede contener el manuscrito que lleve impresa tu derrota o ser solo un castillo de naipes, de cartas y letras sin tinta, que se derrumbará si te enamoras.



Quería esconderme
detrás de una mirada,
detrás de sus ojos…
y salvarme en una máscara,
libre de no sentir miedo.

Quería templar mi pecho con las ráfagas del viento
dejar la valentía y el amor en cuarentena
aligerarme del buen hacer y de lo correcto,
alejarme de ti
libre de no sentir miedo…

Sin embargo, entendí, y mis labios lo sabían,
que mi boca será un cráter extinto
si sus cicatrices no se sellan con tus besos.
Entendí, además,
que para evitar que todo lo codiciado se convierta en aquello que has perdido
(y para evitar caer en la melancolía de unos ojos abandonados),
había que arriesgar los latidos indefensos a la borrasca del amor
y liberar (desde la garganta) al ejército de palabras que nunca dije.

Arranqué con afonía, pero los versos huérfanos encontraron a su musa,
las telarañas se convirtieron en lazos de pasión,
los lazos, aún temblorosos, a sonrisas de ilusión
y ése castillo de naipes cimentó la esperanza,
su poderosa presencia generó confianza,
o, mejor dicho, paisajes a la distancia,
y tu espera, poco a poco, día tras día,
llegó a primavera… 



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