jueves, 2 de junio de 2016

Relato "La medialuna"



Encontraron a una mujer y a su hija asesinadas a golpes y puñaladas.




SE TRATA DE UNA MUJER DE 66 AÑOS Y SU HIJA DE 36, QUE FUERON HALLADAS EN SU DOMICILIO, EN LA LOCALIDAD MADRILEÑA DE ALGETE. LOS INVESTIGADORES SOSPECHAN DE ALGUIEN CONOCIDO DE LAS VÍCTIMAS, INFORMARON FUENTES POLICIALES.



Este fue el triste testimonio de Jorge Fernández, cuya desgracia le cambió la vida.



«Me quedé sin gasolina. ¡La nochebuena sin gasolina! ¿En qué estaba pensando? Todo el día comprando regalos para la nochebuena, olvidando la hora y sin llamarlas. ¡Qué idiota! Cuando quise llamar, el móvil se quedó sin batería y los vecinos más cercanos estaban a cuatro kilómetros. Sabía que llegaría tardísimo a casa: me estaban esperando para cenar y yo bloqueado en medio de la nada... Era nochebuena ¡JODER! No sabían nada de mí y estaba enfadado conmigo mismo, no sabía qué hacer. ¡SE LO JURO! Dejé los regalos en el coche y anduve durante dos horas hasta que unos vecinos me llevaran a mi casa: imaginé un gran abrazo de mi mujer y de mi hija y a cambio estaba dispuesto a oír toda clase de reproche...¡pero solo vi sangre! ¡Sangre! Había sangre por todas partes. Todo estaba lleno de sangre: las paredes, los muebles, los vasos... todo manchado de sangre. Mi hija estaba rendida en su cama y mi mujer, en el salón, ahogada en el charco de su propia sangre».


Aurelio Morales


20 de junio 2005, Algete, Comunidad de Madrid




Por las características del ataque que sufrieron ambas mujeres, sumado a que no se forzó la cerradura de la puerta de entrada ni que faltaron elementos de valor en la escena del crimen, la principal hipótesis apunta a que las víctimas conocían a su agresor. El marido de estas denunció lo ocurrido entre lágrimas ante los agentes de la policía local cuya intervención certificó la muerte de las víctimas. De acuerdo a los primeros informes médicos, una de las dos víctimas presentaba numerosas heridas de arma blanca que le causaron la muerte, mientras que la hija de ella presentaba heridas en el cuello, en el abdomen y en las manos (presuntamente con la misma arma homicida). Estas últimas se cree que fueron producto de la resistencia ante la agresión. Los peritos que inspeccionaron los cuerpos en la escena del crimen estimaron que el doble homicidio fue cometido entre las 21 y las 23 horas. Después de hallar varias pruebas, los policías científicos no encontraron el arma homicida ni tampoco trazos de ADN.


Diario El país



Tras la emotiva declaración a la policía, la vida de Jorge cambió por completo. Se sintió culpable de lo ocurrido: estaba seguro de que si hubiera llegado a tiempo, si hubiera llegado a casa a las veinte horas como habían acordado, todo aquello probablemente no hubiera pasado.


Como si el destino quisiera abofetearle, el sonido de las campanadas de aquella iglesia tan cercana a su domicilio llegó a ser motivo de angustia y fue la resonancia de siniestras elucubraciones. El son de las campanadas le recordaba cada día los instantes de su retorno a casa, cuando la visión de aquel panorama borró por completo la ilusión tatuada en su rostro. Jorge perdió la fe: durante meses fantaseó encontrar y matar a aquel asesino manejando el cuchillo al son de las campanadas. Imaginó satisfacer su venganza haciendo uso de la fuerza; buscando ese monstruo con la ayuda de su perspicacia y de sus contactos. Después de encontrarle, y sorteando el poder de sus principios, le devolvería la misma barbarie que le destrozó la vida (el informe forense señaló de forma privada que el asesino trazó con su cuchillo en las débiles carnes de sus víctimas una medialuna).

Nunca se supo el móvil de aquel asesinato, nunca se supo quién lo cometió. Las investigaciones no hallaron culpables: el propio Jorge fue durante meses el sospechoso número uno de la policía, hasta que por un detalle ínfimo descubrieron que era inocente.


***


Tras años de rehabilitación a base de whiskies y somníferos, Jorge no recobró la vitalidad de siempre. Su cuerpo fibroso, henchido por el alcohol y por la medicación, se transformó en un ovillo de lamentaciones y su alma lastimada sucumbió a la guerra contra el monstruo de la culpabilidad. Un internamiento en una clínica le mantuvo alejado de la vida real durante largas temporadas. En su mundo, Isabel, su mujer, le visitaba diariamente con un vestido blanco y su hija, Antonia, siempre le daba el beso de las buenas noches. Sus manos fuertes y morenas se tendían hacia su esposa mostrando la alianza de oro que les unió y que jamás pudo quitarse; de sus ojos azules brotaban lágrimas cuyo perfil era la soga que le oprimía la garganta y le impedía ver con claridad el angélico rostro de Antonia.


Jorge maldecía su trabajo por alejarle de su familia. Técnicamente era un funcionario del estado, aunque nadie sabía exactamente sus funciones: solo se daba por hecho que le pagaban muy bien por sus viajes, por unas obligaciones que cumplía a rajatabla. Ahora Jorge no sentía pasión por la vida ni esperanza para el futuro, solo tenía el deseo de morir pronto para reencontrarlas...



***

Murcia, 20 de mayo 2016



—Buenas noches, amigos... Estáis escuchando Cadena 100, en la 97.1 de la F.M. desde la ciudad más bonita del mundo, Murcia. Esta noche vamos a escuchar muy buena música: empezaremos con un inolvidable tema de Mecano y seguiremos con la lectura de vuestros poemas —decía la voz del locutor. —Ya tengo un Haiku entre los dedos, queridos amigos, —seguía Pablo desde su micrófono.—Lo escribe “Lorenzo el magnífico” desde Murcia y dice:



El halcón mira,


desciende como el viento,


caza su presa



Eran las 12.00 de la noche del 20 de mayo y Samir no necesitaba oír más... había llegado el momento que estaba esperando para actuar; ya sabía lo que tenía que hacer...


***






Madrid, distrito de Aravaca, finales de mayo 2016



Raquel acababa de cerrar con llave la puerta de su casa (un chalet de 150 metros cuadrados situado cerca de las instalaciones de su trabajo) cuando oyó llegar el coche de su compañero Iván, derrapando a escasos centímetros de ella.


—Hola Iván, ¿qué pasa? ¿Por qué tanta prisa? —dijo mientras observaba sus ojos marrones con toques de miel y sus labios carnosos y sensuales.


—Te lo explicaré en el coche, cariño —dijo Iván, mientras su ademán solicitaba la máxima urgencia.


El coche negro, salió disparado pocos segundos después.


—Tenemos la pista de Samir Aziz, ¡le hemos encontrado! —le dijo Iván...


—¿En serio? ¿Cómo lo habéis conseguido? —dijo Raquel.


—Ya sabes, cariño, ¡soy un genio! —dijo Iván, jactándose.


—Anda, anda... déjate de tonterías, capullo, y dame los detalles —dijo Raquel riéndose.


Samir Aziz Assan era conocido en su país como un combatiente valeroso e incansable. Su mentalidad férrea se forjó entre las cenizas y el polvo de la Guerra del Golfo; su inteligencia, entre los pasillos de edificios desmembrados de la inteligencia iraquí; su táctica de campo, en las butacas de piel estadounidenses. Le llegaron a llamar “el poderoso”, porque su gente estaba convencida de que Alá siempre iba con él.


El CNI (Centro Nacional de Inteligencia) seguía la pista de este peligroso criminal desde que había desaparecido sin dejar rastro en 2005, justo cuando dejó de colaborar con la INTERPOL, siendo ahora el hombre más buscado de la inteligencia española. Si bien los drones norteamericanos estaban mermando las células terroristas de Al Qaeda, año tras año Samir seguía invisible en territorio árabe. Sus movimientos eran imposibles de localizar por su red de contactos y por las dificultades de los espías europeos de moverse en territorio musulmán. En cambio, los espías árabes podían viajar por Europa fácilmente, ya que las naciones europeas eran y son un hervidero de culturas distintas, una mezcla de razas e idiomas. Por ello, el poderoso aceptó el reto sin dudarlo un solo instante. Solo tenía que llegar a Murcia y, una vez allí, esperar instrucciones: aquel poema, aparentemente inofensivo e inocente, era la señal.


En las instalaciones del CNI de la capital, Raquel, con traje perfectamente entallado, e Iván, cuyo vestuario era de estilo moderno e informal, acudieron al despacho del director.


Rafael Martín era un hombre fornido, de elegancia impecable e inteligencia aguda; era astuto y amante del buen gusto, su debilidad eran unos bollos de mantequilla con forma de medialuna (cruasánes) que devoraba todas las mañanas en gran cantidad; su virtud máxima era la fidelidad al cuerpo y el compañerismo. A su edad, ya no podía ser un hombre de campo, pero su inigualable experiencia por las calles de Beirut, sus hazañas en la guerra civil pakistaní, sus logros como espía en territorio árabe en los años ochenta y noventa habían forjado su leyenda: él era un ejemplo en la organización. Cuando llegaron Iván y Raquel, Rafael ya había diseñado un plan...


—Hola chicos, ¿queréis un café? Espero veros con las pilas cargadas, nos esperan días de mucho trabajo —dijo el jefe.

—¿Qué sabemos? —dijo algo perpleja Raquel, burlando los formalismos.

—De momento, que Samir está en España. Tenemos que estar preparados: si le han propuesto viajar hasta aquí, es que están tramando algo gordo.

—¿Tenemos su móvil, su tarjeta o alguna forma de encontrarle?

—Negativo, Iván. Tuvimos suerte al grabarle desde una cámara de seguridad portuaria que probablemente él ni siquiera conocía. Llegó en un barco privado el 17 de mayo, en un trayecto no oficial desde Túnez hasta Murcia. También sabemos que hay transacciones bancarias que relacionan las empresas controladas por los yihadistas con empresas de Murcia, Madrid y Barcelona. Seguimos investigando para descubrir quién y qué quieren comprar.

—Vale, y... ¿cuál es el plan? —se atrevió Raquel.

—¡Muy bien! ¡Me gustas, Raquel! Vas a lo práctico. Pues te voy a decir. Es muy posible que os crucéis con él esta tarde: debéis tener el máximo cuidado... No hace falta que os diga que os enfrentáis a un profesional, ¿verdad? Esta tarde tenéis que ir al palacio municipal de congresos. Encontraréis al jeque Mohammed Hamdan que viene a hacer negocios y moverá importantes cantidades de dinero aquí en la capital. En el coche tenéis todos los detalles. Ahora marchaos —dijo Rafael.

Tras ultimar el plan de acción y más detalles operativos con los compañeros del NAO (Núcleos de Apoyo Operativo del Centro Nacional de Inteligencia), Raquel e Iván salieron de los despachos rumbo al distrito de Barajas.

***

El palacio municipal de congresos era un espacio cuyo personal estaba acostumbrado a acontecimientos especiales, como lo era la visita del jeque Hamdan. Como era de esperar, se adoptaron medidas de seguridad extraordinarias en todo el perímetro del edificio situado en el centro del Campo de las Naciones. La importancia de la visita era crucial por los intereses de las empresas españolas en tierra saudí, por las exportaciones, por la marca España en general en todo el medio oriente. De hecho, con la crisis económica, el gobierno español prestó mayor atención al fomento de acuerdos comerciales, a las exportaciones y a nuevos acuerdos para abaratar el precio del crudo. Para el jeque saudí, todo ello significaba mantener el poder y la riqueza, para el gobierno mantenerse a flote y mantener su posición en el panorama de las relaciones internacionales.


Iván y Raquel no tardaron mucho en llegar al edificio pasando rápidamente los controles por su acreditación y una hora después de salir del despacho de su jefe hacían las debidas presentaciones con el equipo de seguridad del Jeque, compuesto por tres agentes.


El jefe en funciones de dicho equipo se hacía llamar Jack Gordon en honor a un hombre que vivió una vida paralela a la suya y a un temperamento al que admiraba. Era alto, robusto, tenía 38 años y era muy elegante. Llevaba tatuado en el hombro el nombre de una mujer valiente que aguantaba sus ausencias cada noche hasta reencontrarse con sus fuertes abrazos. Melissa provenía de una familia pobre de Ucrania, su cuerpo sinuoso contrastaba con su fortaleza, su carácter áspero con su sensualidad. Su pelo rubio y ondulado, sus ojos azules y sus pechos pronunciados, juntos a la sensualidad de su cuerpo, eran señales claras de que para muchos sería una mujer fatal. El tercer componente era Paolo Castelli, hombre de campo de los servicios secretos italianos, jugador de ajedrez y hombre culto que no descuidaba su aspecto físico y su imagen. Era narcisista por naturaleza y le gustaban las modelos, cuyos encantos difícilmente le resistían.


Tras unas amistosas presentaciones, Iván y Raquel se reunieron con el equipo del jeque, informándoles de la situación. Jack y Paolo aceptaron a regañadientes su ayuda, convencidos de que podían hacer frente a cualquier amenaza. Pero se equivocaban...


Mientras tanto, en el edificio, periodistas, técnicos y profesionales de múltiples medios informativos acudían al especial evento. Samir había estudiado todo con dedicación y con la máxima atención. Se introdujo en el edificio como una sombra, perfectamente vestido y con acreditación de periodista: era reportero del canal galo TF1 y tenía un impecable acento francés. Subió con paso felino hasta llegar a la antecámara de la sala principal donde iba a celebrarse el congreso. Llevaba consigo un maletín, solo un maletín de plata.


—Buenas tardes, señor Hamdan, soy Arsène Pinaud, de TF1, ¿me permite una pregunta? ―dijo enérgico con su grabadora digital y un seductor acento francés. El jeque, sin embargo, le despachó con una sonrisa y su equipo no tardó más de diez segundos en indicarle la salida.


Al observar que Arsène había dejado de forma intencionada su maletín, Raquel se preguntó cómo había podido un periodista entrar por una zona prohibida al público; se fijó atentamente en sus rasgos y recordó su familiaridad: había visto su cara centenares de veces y enseguida comprendió. En pocos momentos entendió que bajo aquel semblante se hallaba otro hombre, y en aquel momento supo que la vida del jeque y la de sus compañeros estaba en peligro: supo que el maletín de alguna manera era un arma. ―¡Todo el mundo fuera! ― gritó.


La miradas entrecruzadas de su compañero y de los otros agentes hizo saltar las alarmas. Todos entendieron la amenaza proveniente de aquel maletín y del presunto periodista. En cuestión de segundos, el jeque salió de la antesala hacia un lugar seguro mientras Paolo se quedaba cubriendo dicha retirada. Raquel se balanceó hacia al ascensor donde aún seguía Samir, pero solo pudo ver cómo lograba escapar. Solo pudo verle sonreír mientras accionaba un mando a distancia. El maletín enseguida desprendió un gas mortífero, cuyo vapor llegó a los pulmones de Paolo. Una vez más, la rapidez y la efectividad de Raquel fue determinante, aunque no pudo salvar la vida del agente italiano.


Desde la planta 14 del edificio, Samir bajó directo hacia los sótanos del bloque, donde le esperaba una furgoneta negra con el motor en marcha. Nada tardó Raquel en buscar la nueva localización de aquel ascensor (su dispositivo estaba conectado con los dispositivos de seguridad del edificio) y enseguida le alcanzó.


―¡Alto! ¡No te muevas, ni un solo movimiento o disparo! ―le ordenó.


Tras levantar los brazos al cielo, Samir llamó la atención de su compañero cuyo disparo hirió de gravedad a la agente, que cayó al suelo. Antes de fugarse, Samir dejó en sus carnes su tétrica firma: ¡una herida con forma de medialuna!


Iván y Jack que llegaban de refuerzo solo pudieron verla morir...


Durante aquella misma tarde, la policía halló el cuerpo del verdadero periodista francés en la bañera de su habitación: él también llevaba inciso en el vientre una medialuna.


¿Qué quería decir aquello? ¿Por qué Samir, el hombre poderoso, dejaba rastro de sus delitos? Todos llegaron a la misma conclusión: se trataba de un hombre de honor, sin medias tintas; quizás un extremista forjado con temple de hierro, un valeroso o un loco insensato que se sumaba a la lucha religiosa de la yihad. Medirse con ese hombre iba a ser un duelo a vida o muerte. Rafael lo sabía bien. Por ello decidió que no había tiempo que perder.


***


Algete, 30 de mayo 2016


En el restaurante “La Esquinita De Pablo”, Jorge tomó su asiento habitual en el ángulo meno vistoso del local. Sentó su cuerpo pesaroso en la misma silla color haya de siempre, madera que también intentaba capturar el olor del desayuno. En el mostrador curvo y perfectamente entallado le esperaba Pablo, el dueño, cuya amabilidad y cercanía era siempre bien acogida por los clientes. Podía ser un día cualquiera, la rutina perfecta para Jorge si en aquel momento no hubiese aparecido su antiguo compañero y amigo.


―¡Hola, Jorge!


―¿Qué haces aquí, Martín? ―dijo pasmado Jorge.


―Lamento molestarte ― dijo Rafael, quedándose en silencio unos instantes.


―Entiendo por qué has venido, he visto el noticiario. ¿Qué sabes? ¡Dímelo!


―Samir está en España. Ha matado a Raquel y la ha marcado igual que a Isabel y Antonia... Ahora estoy más que seguro de que es el culpable de la muerte de tu esposa y de tu hija. Creo que te está buscando ―balbuceó.


Siguieron dos minutos de silencio. Aquellas palabras movieron por dentro a Jorge como nunca. Los años de whiskies y las combinaciones de distintos fármacos no pudieron nada contra su dolor, solo le pusieron en duermevela, aturdiendo su ardor... Pero de pronto sus ojos tenían una nueva luz. Era el color rojo de la venganza: su ánimo se balanceó al futuro levantándose de aquella silla y el fluir de su sangre empezó a acelerarse como caballo desbocado. La culpabilidad acumulada en su interior se transformó en rabia. Rafael sabía todo aquello, sabía que la sed de justicia le otorgaría una nueva energía, sabía que Jorge Fernández, aunque sin estar en plena forma, volvería a renacer como ave fénix. El antiguo agente del CESID volvería a sus hazañas...




Poco después, en el despacho de Rafael, la presencia de Jorge causó muchos rumores y algunas lágrimas. El viejo Jorge volvió a sentir el cariño de algunos de sus viejos compañeros, recordó las mil y una anécdotas de las aventuras de antaño. Los años de inactividad habían borrado el aspecto anticuado de aquel despacho. Todo era nuevo: el ordenador de nueva generación con su pantalla plana, el ratón inalámbrico, el escritorio moderno y minimalista, la butaca ergonómica, los móviles, los dispositivos electrónicos... Toda aquella parafernalia de objetos, junto al vestuario moderno de sus viejos conocidos, y las nuevas arrugas impresas en aquellas caras familiares, certificaba que Jorge no estaba soñando, tras años de letargo podía finalmente rugir...


La fuerte resonancia de la noticia de la muerte de un periodista y de los dos agentes llegó hasta las butacas del parlamento, cuya respuesta fue desesperante. Solo tras una semana de debate el presidente autorizó el uso del “Mata Hari” (Ojo del día), un nuevo programa de lucha contra el terrorismo, olvidando por un tiempo los derechos a la privacidad de los ciudadanos. A partir de ese momento, la inteligencia podía rastrear a un hombre en todo el territorio nacional a partir de su fotografía: el servicio de inteligencia podía utilizar ahora todos sus recursos informáticos y junto a ello un nuevo sistema de reconocimiento biométrico. Ahora, Rafael podía introducir la fotografía de Samir y esperar: el ordenador le daría caza procesando todas las cámaras de vigilancia de cualquier rincón del país, todos los vídeos caseros de las modernas cámaras digitales conectadas a Internet y todas las APP de los dispositivos móviles modernos: solo debía esperar unas pocas horas.


***


Murcia, dos de junio 2016


―¡Buenas noches, gente! Estoy de nuevo ante vosotros para presentar un nuevo y fabuloso programa desde la 97.1 de Cadena 100, la mejor radio de Murcia ―dijo el locutor. ―No olvidéis nuestro espacio poético nocturno: sois libres de enviarme poemas, frases o escritos breves a través de correo electrónico, Twitter o llamando al... les recuerdo que nos podéis escuchar en todo el territorio nacional y a través de Internet en cadena100.es ―advirtió. Poco después, sobre la media noche, uno de aquellos oyentes pudo escuchar lo que estaba esperando...


―¡Señores! El próximo poema lo escribe “Lorenzo el magnífico” y dice:



Tu árbol

trama

armonía




Precioso o no, Samir sabía que aquel poema tan breve e implícito escondía en sus entrañas la clave de su próximo trabajo. Con papel y lápiz en la mano brevemente resolvió los anagramas: árbol era labor; trama era matar; armonía era Mariano... ¡Su próxima labor era matar el presidente del gobierno!


Samir siempre había trabajado con total libertad, no necesitaba) recibir órdenes muy estrictas: si tenía que eliminar un objetivo, él mismo elegiría el momento y la forma adecuada. No le importaba dejar rastro: los programas criptográficos más importantes eran para la guerra fría, no para su guerra.


***



23 de junio 2016, Plaza Mayor, Madrid


La plaza Mayor es uno de los lugares más emblemáticos de Madrid, una plaza variopinta por estar siempre llena de todo tipo de personas. Desde hacía dos días se estaba montando la plataforma para que el presidente pidiera el voto ciudadano para la posterior investidura a nuevo presidente del gobierno.


El día anterior, el “Mata Hari” captó la imagen del poderoso en las cercanías de la plaza Mayor, estudiando el terreno. Por ello varios agentes estaban dispuestos en las plantas altas de los antiguos pisos que presidían la plaza y otros se escondieron entre los espectadores. Desde el CNI se trazó el siguiente plan: Rafael y Jorge iban a trabajar de manera separada. Jorge sentía que su ayuda se multiplicaba si se quedaba como observador mientras que Iván y Rafael se quedaron con el presidente. Eran las 11 de la mañana cuando Jorge se sentó en su silla al lado de la ventana de una buhardilla que se sobreponía a la plaza. Comprobó la comunicación que le unía al resto del equipo y encendió un pitillo para relajarse. Como desde un palco, su visión privilegiada gobernaba sobre la plaza. Y entonces pensó en ellas, sus caricias le mitigaban el dolor de la ausencia, sus sonrisas le acunaban plácidamente en el sopor de un sueño. En esa calma, fuera del bullicio exterior y en su propio mundo, Jorge no llegó a percatarse de unos ligeros pasos, casi imperceptibles...


―No muevas ni un músculo ―le dijo Samir mientras una gota de sudor le bajaba hasta los párpados. ―Hoy serás espectador junto a mí de un día histórico, verás como vuelan por los aires unos cuantos corruptos. Haré más yo por vosotros que vuestro país entero por el mío en veinte años ―le dijo aquel viejo conocido.


―Fuiste tú... ¿verdad? ¿Por qué mi mujer y mi hija? Ellas no tenían nada que ver con todo esto ―dijo Jorge lastimado.


―Juré que algún día pagarías por lo que hiciste. Juré vengar la muerte de mi hija, la que dejaste morir en Beirut: ¿recuerdas? Confiaba en ti, maldito bastardo ―le contestó furioso.


―Sabes perfectamente que atentaron contra mi equipo y contra mí. No pude salvarla, no pude hacer nada por ella: tu misma gente la mató ―le reveló Jorge.


―¡Ni de broma! ―contestó Samir mientras le daba un guantazo.


El walkie-talkie empezó a borbotar sonidos, era la voz de Rafael que avisaba de su llegada...


―Jorge, aquí todo tranquilo, paso... ―avisó su jefe.


―¡Contesta! Y cuidado con lo que dices ―amenazó Samir a su preso.


Jorge, de forma sutil, ya había pulsado un pequeño botón en su cinturón, aprovechando un instante de distracción de su adversario.


—Aquí, todo fenomenal, Martín ―confirmó sin excederse.


Rafael entendió a la perfección la situación. Por ello, ordenó activar la inhibición de cualquier dispositivo móvil (para prevenir cualquier detonación) y a la vez se acercó a la posición del terrorista con un equipo de asalto. Solo quedaba enfrentarse a la posibilidad de que este disparase desde aquella ventana.


―Samir, soy Rafael Martín, estás totalmente rodeado: puedes salir o te vamos a buscar, tú decides... ―dijo el jefe del CNI desde el otro lado de la puerta.


―Hay una bomba lista para explotar y solo yo puedo desactivarla: usted ha inhibido la comunicación y lo único que va a hacer es... ¡permitir que explote! Cada 15 minutos puedo retrasar la explosión desde mi móvil ―dijo el árabe sintiéndose acorralado.


―De acuerdo.


―Muy bien, ahora quiero que me dejéis marchar con mi amigo sin oponer ningún impedimento. A cambio, nadie morirá —dijo seguro de sí mismo.


Rafael sabía que no tenía elección.


―Tienes mi palabra Samir. Te dejaré marchar si desactivas la bomba ―dijo con toda su impotencia.


Eran las 13:00 horas y dos viejos camaradas, ahora rehenes de las circunstancias, iban en un coche elegante llevando una peligrosa carga por las arterias de Madrid...




CONTINUARÁ...






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