lunes, 25 de abril de 2016

El sueño de William



Hola a todos: os dejo enlace y texto de un relato encadenado escrito por Rafael Azgra, Camila Contreras, Carlos Ortega, Ian Gómez, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Matteo Barbato y Esther G.R.

https://bookersblog.com/2016/04/22/el-sueno-de-william-relato-encadenado/



El joven William, ensimismado en los futuros romances y tragedias de los que su genio sería padre, pasea lentamente bajo la luna estival. Un sopor le atenaza, y cae en un profundo sueño de una noche de verano.


Entre fantasías, magia y amor la ingravidez del mundo de los elfos envuelve a William en espirales de ensueño.


¡Qué caprichoso es el amor! Que entra y sale del escenario onírico para trascender en el alma del hombre.


Inquieta se pone tu pluma mi querido Willliam cuando se acerca aquel moro de Venecia, un Otelo que pide a gritos:


“Te lo ruego, háblame en la lengua de tus propios pensamientos y dale al peor de todos la peor de las palabras”.


Sobre todo a ese bufón de Christopher Marlowe. Protegido de la reina, niño mimado de la corte. Cabrón con suerte. No contento con tu fama inmerecida, osas robarme los favores de la niña Juliette. No sé si por cuyo rostro zarparon más de mil naves, pero buena parte de mi generosa heredad sí me han costado sus insaciables caprichos. A ti, en cambio, te habrá valido con verter un poco de esa basura italianizante ―sonetos, los llamáis… ¡Sonetos! Jesús― en su oído, más acostumbrado al tintineo de las monedas que a los buenos versos. Sin embargo, cualquier día la fortuna dejará de sonreírte. Te verás envuelto en otra reyerta tabernaria de la que no saldrás tan bien parado como de la anterior. De hecho no verás la luz del alba esta vez. La espada ―o en su defecto la daga― de la justicia se abatirá sobre ti. Y entonces el mundo sabrá por fin quien es William Shakespeare.


Incluso mi querida Juliette, que tantas noches observé desde la lejanía. Ese pequeño balcón testigo de las miradas furtivas, de los versos a la luz de tu ventana y que respondías con dulces y pícaras sonrisas. Todos conocerán al poeta, al autor, al valiente y joven William, esa fue la promesa que durante aquel sueño del dulce ocaso se hizo a si mismo. No importan las promesas de los noctámbulos, pues al segundo un nuevo sueño envuelve al soñador, y de nuevo empieza el subconsciente a atraparlo.


En el acertijo de las ausencias, su rostro se difumina. Apenas recuerda los rasgos. La evocación del hijo reclama para sí ardiente soledad. El dolor de su pérdida se vierte en desafiante ternura, “Mas si entonces viviera un hijo tuyo / mi rima y él dos vidas te darían / para darla a la muerte y los gusanos“. La brevedad del gozo, la infinitud de la pérdida. En años anteriores la huella vital del escritor nacido en Strafford-upon-Avon se extravía y reaparece en Londres. Hamlet está a punto de emerger. El ritual de escritor le impele a proseguir, a no cejar en su empeño creador. La sombra le acompaña. El Príncipe dirigiéndose a su madre, la Reina de Dinamarca, habla por él, “Lo que yo llevo dentro no se expresa: lo demás es de la pena“


Y tras cubrirse de pena y sombras, mi arte se viste de dudas y de eterno: mi conciencia grita al mundo desde el teatro el acertijo más arduo, y mi voz resuena en la historia a través del talento. Londres se balancea sobre mí, actor mediocre, para convertirme a imperecedero recuerdo…


Y todas las penas, las sombras y las dudas fluyen, deambulando de obra en obra, hasta volatilizarse en sueño.


Soy el amor caprichoso que se viste de mujer, y de sus promesas fértiles: mientras ansío al ángel blanco revivo la ilusión de una noche de verano… Y el deseo, languidecido, se pierde entre miradas homófobas…


Entonces, tras largo y placentero paseo la flora parece moverse, acercarse. William se sobresalta, movido por el instinto primario de la huída; mas no lo hace. De entre los árboles tres figuras oscuras emergen como proyecciones del propio bosque. Tres mujeres, extrañas, cautivadoras. Le rodean y él, aterrado y atraído, se queda quieto contemplándolas. Son sus voces en su mente las que le hablan sin despegar sus labios. «Habla. Pregúntanos. A todo te responderemos». William las mira fascinado. «¿Seré admirado?, ¿querido?, ¿un gran genio?» Las ancianas comenzaron a girar alrededor de él, bañadas por la luz de luna. «Todo te llegará» dice una. «Todo llega en la vida» contesta otra. «Amores, fama, tristeza y alegría» sentencia la tercera parándose en seco frente a William. Baja la cabeza y la capucha ensombrece su tez, al levantarla la cara de una joven doncella conocida aparece frente a él.

―¿Qué hace a mi esposo salir de nuestro lecho a estas horas de la madrugada?

William contempla a Anne, su vientre cada vez más abultado. No hay brujas que le rodeen en la noche veraniega, ni sueños por cumplirse. Y en su interior se gesta una batalla mayor que las habidas hasta la época. Ser padre, esposo y hombre o dejarse volar por los versos que le elevan y le convierten en Dios. Esa noche el dilema concluye como las anteriores veces, acompañando a su esposa de vuelta a la calidez de las sábanas; pero algún día cambiará. Porque el destino es quien baraja las cartas, pero nosotros somos quienes las jugamos.







Publicar un comentario