jueves, 11 de febrero de 2016

Santiago Cobos “Malamadre”




La vida es tierna, afectuosa, agradable, espantosa, cruel, ciega, inevitable... yo sobrepasado, reconstruyo mi pesadilla diaria. Revivo una escena escueta que ya es eterna, sin tiempo. Abro los ojos y vuelvo entre rejas. Veo barrotes, veo mi celda, no es mi cuarto, no es mi habitación; vuelvo encarcelado a mi estancia de penas, a una locura al estado natural: uso mis ojos, malogrando mi tiempo, perdido en un momento que siempre me precede.

La penitencia es el infierno de Dante, todos son bestias para huir del horror. Revivo el cáliz de la cólera, enlatado en un calabozo con un candado sin llave, en un griterío ahogado de risas. Pienso y dudo si existe el mundo o si tengo un pasado: el elixir del suicidio es arrobar mi estancia con propósitos de fuga. El odio me come, entonces, despierto, salgo a un patio sofocado, huyo afuera en el viento, la calle respira... me desprendo de lo que era... un encarcelado. Secuestro de funcionarios, asesinato, intentos de evasión, amenazas, desacato, robos, agresión... son delitos que como sanguijuelas consumen mi tiempo. Ensimismada en la cárcel de mis pecados, mi alma tiene ganas de huir, me sigue comiendo el hambre de realidad.



  

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