miércoles, 17 de febrero de 2016

Lo maravilloso del amor es desnudarse



Su huella se mueve entre los párpados, en un viaje a lo incorpóreo, donde la mente rebusca en el bagaje de los días... entre sentimientos calcinados, abriles de vívidos colores y otoños de suspiros huracanados. 
Su pasado es un aguacero,  el deseo de una primavera marchitada que se estampa en las mejillas dibujando el gesto de un corazón frío. Solo queda cubrir las heridas, tapar viejas fisuras, proteger un corazón lastimado y redescubrir la nostalgia: a veces el recuerdo del amor pisotea el alma desde un pasado que se viste de melancolía... la memoria se empapa de locura si imaginas volver a desnudar su armadura, librando sus vestimentas inútiles, besando su piel y encendiendo un fuego en su boca para pedirle que caliente tu cuerpo destemplado... 

Despertando su olvido se desviven las emociones, se reabren las heridas, sangran las cicatrices que creía olvidadas. Vuelve su imagen como la de una hoguera, aquél lugar dulce y amargo en el que el amor da su mejor cara y esconde su peor cruz. 
Frente al sueño romántico del fuego, se esconde el humo; frente al orgullo de su ardiente llama, el manto negro de la noche; frente al chisporroteo apasionado de la leña, un futuro de reliquias; frente a unos cuerpos acalorados y desnudos, un lugar perdido entre las mallas del tiempo. 

Así, divagando y consciente de que todo lo que arde será ceniza, me quedo con la sensación incomparable de dos almas que paran el tiempo frente a un hoguera,  con los versos increíbles escritos en la piel con la tinta de un orgasmo, con las miradas profundas que hoy saben a soledad, con la esperanza hoy desaliñada que desprendían los poros de su piel... y solo puedo añadir, sonriéndo, que me equivocaba... 
porque ella 
... siempre será primavera.





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