domingo, 11 de octubre de 2015

Un ejemplo a seguir


La memoria era el lugar de la infancia, era una Italia de sueños, un pequeño pueblo encantado. 

En sus calles circulaba una pequeña gran persona, un pobre viejo para muchos, un sabio mayor para pocos. Ahora solo algunos le recuerdan... 

Callejeaba durante todas las mañanas por las pequeñas avenidas de la ciudad, con la edad cada vez más largas y anchas para él... Vagabundeaba en busca de compradores: sus quesos eran más blancos que el alma de un niño y más sensuales que la mirada del deseo. Con su arte y trabajo se ganaba la vida: él era honrado como pocos y su sonrisa era un regalo. Tenía una diversificada clientela que conquistó con sus quehaceres característicos, con su vestir pintoresco. Llamaba la atención y muchos pasantes le miraban, otros se paraban a comprar, otros se reían de él. Era la nota divertida del pueblo, siempre recibía atenciones divertidas y unos malignos griteríos. Atípico y llamativo: tenía miles de detalles que le apartaban y acercaban de la gente a un tiempo. El curioso pliegue de sus pantalones era proporcional a sus marcadas manías (como la de ir limpiando las calles de colillas) y las arrugas de sus años, los surcos de su experiencia a las manchas de su ropa. 

Recreaba un personaje de cómic a media entre vagabundo y bufón con sus zapatos grandes, su pantalón remangado y su cómica y verde gorra, adornada de hojas verdes. Su caminata típica quizá inspiró los personajes de C. Chaplin, o tal vez era solo una forma de vida. Era pobre y lo demostraba, pero era sabio, tenía astucia y sonrisas a raudales; siempre se le escapaba un chiste gracioso. Era de alma noble... 

La ciudad de las aguas, su ciudad, mi ciudad, bebía de su sabiduría, las calles reflejaban su historia y recuerdo, y la gente se embebía de su vitalidad. Los ciudadanos (sobretodo los mayores) le respetaban: veían en el un modelo de trabajo a seguir. Con su trabajo descubrió el secreto de la eterna juventud (o casi): el bien lo sabia ya que a sus 97 años todavía madrugaba a las cuatro de la mañana para cumplir con su misión, armado de sus dos cestas llenas de quesos. Sus productos eran su vida, sus quesos eran el móvil y el elixir de una vida simple. Se llamaba Carlo Donnarumma, pero todos le llamaban “Carlucciell”. Cuando unos delincuentes jugaron con su vida borraron todas esas sonrisas que Carlo regalaba diariamente a sus paisanos pero a la vez inmortalizaron un ejemplo de conciencia cívica. 

Solo en pocos aprendieron que aunque le mataran... él, a su manera, fue feliz.



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