lunes, 28 de julio de 2014

El cura


El cura

Las ruedas de unas maletas chirrían contra el suelo en un vial previo al aeropuerto donde convergen los caminos del ocio. Crecen los ruidos sofocados por las ansias de paz, se observan lejanas aglomeraciones de viajeros que se juntan y se dispersan continuamente. El calor no aplaca los intensos abrazos y los llantos sinceros, las amargas despedidas que para algunos saben a victoria.

Paolo Borsa es un sacerdote apesadumbrado por el pecado, crucificado por la vida y envilecido por el tiempo: tras una breve estancia en la casa de sus padres vuelve a su rutina de siempre. De físico corpulento y de piel oscura, frente arrugada y manos dichosas, Paolo conoce el peso de la renuncia y el valor de la elección. Es consciente de su función sanadora. Es "cura", pastor de personas manejadas por el pecado: cuida de los que se derrumban por manchar de rojo su alma, ese color que los tiñe de culpabilidad y que convierte su pena en deuda eterna. Con los años Paolo ha aprendido a erradicar el mal aunque su cuerpo maduro parece haberse manchado de ello. Su lucha contra la sombra es una esperanza de luz, su contrapeso a las injusticias le convierte curiosamente en un hombre justo. Tiene contrato con Dios de por vida y un billete para volver a su casa.
Ahora espera sentado para retirar su pasaje mientras recuerda imágenes pasadas: llega su turno y le invita al mostrador una voz suave, hermosa y seductora. Es una mirada angelical que le observa, la de una dama que le deja sin habla.

  • ¿Se siente bien? Le dice Mónica...
  • Si claro, perdone. Va todo bien.

    Tras unos instantes de abandono, Paolo vuelve a tomar las riendas de su voz.
  • ¿A donde va?
  • Roma...
  • Que bonita Roma... aun no la he visto.
  • Como es posible que una chica tan hermosa no haya visto una ciudad tan espléndida. ¡Esto hay que remediarlo!
Tras unas sonrisas juguetonas y miradas penetrantes los dos se dejan saludándose, aunque en la mente del sacerdote, por unos momentos falsamente rejuvenecida, nace una idea absurda y placentera a un tiempo.
Paolo conoce muy bien el valor de la palabra. Su vida se forjó con la fe pero los limites de su cuerpo no pueden contener su imaginación y deseo. Entonces Paolo la imagina caer en sus brazos: la besa, la desea, ella se hace cómplice de su sueño. Se ve con ella en el baño cercano, lejos de indiscreciones donde sigue tocándola hasta consumirla a besos, hasta que ella se apodere de su alma. Es una sensación casi real como si su conciencia fuese ofuscada por un diabólico albedrío...

    Mientras, con unos ojos impenetrables y piel brillante, la hermosa Mónica, de joven y modélica figura, empieza a sonreír consigo misma, consciente de que hasta los sacerdotes la desean. Sonríe y se deleita con su atractivo, complaciente de tanto poderío.

Después de varios años, el enemigo ataca de nuevo.

¡Jaque al rey! dice Paolo a si mismo. Bien sabe él sabe que la corrupción le espera en cada esquina, que la fe nos premia después de una vida de esfuerzos y que el pecado nos flagela en un solo momento, dejando el alma a solas con la voluntad. Entonces cada pecador se endeuda con su verdad, sus valores se corroen y deforman hasta moldear su nuevo yo en una crisis de identidad.

Tras unos minutos Paolo se encuentra sentado en el avión a la espera de despegar. De repente le llaman la atención unos tacones seguros y ritmados, y un perfume cada vez mas penetrante. El ruido de los pasajeros deja paso a un olor seductor y mensajero que cada vez mas agudo entra en sus sentidos. Sabe que es ella. Mónica pasa por su lado tocándole con sus curvas, se da la vuelta y le acecha con una mirada maligna.
Entonces Paolo lo ve todo, sus certidumbres son la visión del presente y la iluminación de los recuerdos. Recupera esa mirada en su memoria, la que años atrás le desafiaba en uno de sus trabajos, la que poseía una joven en uno de sus exorcismos. Aquella vez no pudo ganar al demonio, era demasiado joven e inexperto. Ahora Paolo da por perdido el espejismo de Mónica, ese (falso) amor que desde el comienzo parecía imposible. Vuelve a verla con tristeza, ternura y pena, consciente de que su poderío esta forjado en su debilidad, en una posesión diabólica. Y entonces la sigue en el pequeño pasillo del avión, observando como ricamente mueve las caderas. Sabe que ella se mueve por el, que el mal lo manipula todo con su táctica sutil y sensual. Aun así el poder de la carne y la belleza de esa mujer consigue que su corazón se acelere por la pasión y el deseo. Paolo siente bombear en sus entrañas un órgano que ya no parece ser el mismo, y entonces se abandona... la sigue, ella sabe lo que quiere, el ya lo espera. Recuerda sus creencias y no aparta la sensación placentera que esta viviendo. Intenta fundir ambas cosas en su cometido. Entra en el estrecho baño con ella percatándose de que nadie les haya visto entrar. No le da tiempo a cerrar la puerta que ya tiene a Mónica encima de el, devorándole la boca a besos... Para Paolo es la única vía. No aguanta la idea que esa mujer siga siendo poseída, no tiene suficientes herramientas para enfrentarse al mal. Y entonces se sacrifica por ella. Deja que el demonio le besa, que se apodere de el, que entre en su alma para abandonar la de Mónica...

Cuando el día siguiente empieza la misa en la Iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos en Roma, hay una atmósfera distinta en el aire. Jesús, inmortalizado en la cruz, parece mas decaído que de costumbre. Paolo ofrece una imagen aterradora y escandalosa al mismo tiempo. Entre los murmullos de los espectadores y la miradas aterradas de unas almas sensibles, Paolo yace inmóvil y sangrante bajo la obra de Guido Reni. Su expresión grave y su mirada sufrida no dejan duda en quien le mira: exhausto, Paolo pedía auxilio a su señor en los últimos instantes de su vida. Volver a ser justo le costó la vida: sabía que el deseo no es el peor de los pecados. La lujuria entre otras cosas es un placer pasajero que se esfuma: Paolo supo que el error mas grande era embargar su propia vida a ello. Entonces decidió acabar con la lucha, rendirse a la fatalidad, a una fuerza infrahumana, a un combate ya perdido en sus albores. Luchó contra si mismo hasta perder todas sus fuerzas. Terminó perdiendo contra el mal.

Aquella misma mañana, Mónica saliendo del trabajo inesperadamente mas ligera y frágil que nunca, sintió la necesidad de confesarse. Ahora se sentía totalmente libre y agradecida por el sacrificio de aquel desconocido. Días mas tardes entendió que a su manera Paolo ganó su batalla. La liberó, le demostró amor. Lo supo mientras le brotaban lúcidas lágrimas. El cura a su vez logró cumplir su misión y deseo: estar al lado de Jesús.





( Guido Reni, altar mayor de la Iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos en Roma)



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