jueves, 2 de enero de 2014

Cena


Cena


Nos vamos de cena:
reservo una mesa
en un restaurante tranquilo, romántico.


Nos servimos miradas,
como entrante compartimos el mismo plato,
un cruce de sensaciones tiernas, cálidas, sinceras.


Es increíble comprobar la inutilidad de las palabras:
gesticula tu rostro como iluminándose
entre el revés de sus muecas,
un corte de risas y sus deliciosas sonrisas.
La cena promete ser exquisita...


Te veo comer el primer bocado
y mi apetito se dispara
lamiéndose entre tus sabrosos labios rojos...
Tu compañía es muy linda,
tergiverso tus palabras entre un no se y mi te quiero,
me embebo de la elegancia de tus gestos...
estas hambrienta...


Tu ropa es impecable
aunque tiene la culpa de cubrirte,
me pierdo en tu observar (me) distraído
y me confundo entre los colores del ambiente,
la esencia de tu pelo y el vino tinto traicionero.


Tus pupilas me seducen,
invitándome a una huida que sabe a victoria,
a escaparnos de un lugar formal
para forjar nuestros deseos a sinfonías para amantes.
Pero es nuestra noche y cada cosa tendrá su momento.
Seguimos sentados comiéndonos el amor.


El segundo plato es un gustazo: un orgasmo para el paladar,
tu voz es armonía para mis oídos:
nos servimos pescado con guarnición de palabras...


Imagino escrutar entre tus curvas,
mientras me concentro en la comida:
comerte, besarte, acariciarte
sería engañar los relojes del tiempo,
concentrándome en tus bragas
y quitar(te) ese ornamento que me separa del postre...


Entonces, mi punto de partida pasa a ser pedir la cuenta
y buscar tu punto de no retorno:
el color de la noche se tiñe de rojo,
como tu pelo,
como el fuego de tu sangre que late.


Lo que se refleja en tu pálida piel rosa
son mis ganas que bombean en tus latidos.
Tu corazón es el compás que me guía
entre los laberintos de mis deseos,
los de terminar follando (me) la noche.
No pedimos dulce, mi postre eres tú. 



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