martes, 5 de febrero de 2019

El color de la vida



El color de la vida - Matteo Barbato


Vuelve la brújula del tiempo,
se agrieta la piel abriéndose al pasado,
penetra en mí la luz de lo que fuimos.


Hago sintaxis de memorias,
mezclo las pérdidas
y los pronombres posesivos,
vierto las palabras,
reúno los celos y las caricias,
descubro los silencios soleados de las fotografías.

El presente es un momento ínfimo
que muere sin despedirse,
la libertad, un fracaso lleno de futuro.


Somos sombra sin piel,
silueta de aire y silencio,
sueños entumecidos,
susurros oxidados,
tristeza de unas nubes
que aguardan su llanto para mañana.

Nos quedan el abrazo
y la lentitud,
la libertad de entregarnos
al color de la vida.



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domingo, 6 de enero de 2019

In memoriam


a José Luis Álvarez Gallego

Me entristece tu pérdida,
me sonríe tu recuerdo.
Fuiste amigo fiel,
compañero agudo,
ejemplo luminoso
en las noches de Madrid.

Ahora
tu luz dispersa
se reúne
en el éter de la memoria
y tu existencia,
condensada en endecasílabos,
truena
desde el cielo
con sonetos de amor.

Siento tu voz de fuego
que retumba fugaz
en los meandros de nuestras vidas;
observo tu porte desaliñado,
casi transparente,
con el que saludas desde las nubes,
y estas musas de algodón
que ahora moldeas con tu propio nombre.

Tu espíritu bohemio
(este indómito reflejo divino)
casi alcanza el silencio,
y tu voz grave
se
hace
eco
despidiéndose
entre
susurros
de
terciopelo.

Me quedan las fotografías,
las tertulias,
los diálogos congelados en los registros del tiempo
y una presencia-ausencia:
la de un hombre que aún flota
en los mares de la lírica,
la de un poeta
que se despidió tímidamente,
cuando todos dormían...

Lucharemos contra la muerte:
seremos la VOZ
que grita en tu nombre,
un espíritu renovado que late en las noches de Madrid,
el canto que enorgullece,
el ejemplo que inspira,
la poesía que jamás olvida. 







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martes, 11 de diciembre de 2018

Carta desde la cárcel





 Carta desde la cárcel
El famoso escritor Eugenio González Baldón entrega una carta a su secretario Juan Antonio para que a su vez la envíe a los medios de comunicación.
Este es su texto:

Queridos lectores:

    Escribir es moldear un sueño, es invertir tiempo en un papel en blanco; es hipotecar una vida a la esperanza; es vestir personajes con mi bagaje personal y desnudarme al mismo tiempo en el escenario de mi propia novela. Puedo llorar o reír, emocionarme o lamer las heridas del ego; no importa lo que diga ni cómo lo haga: lo esencial es darlo todo hasta quedarme sin fuerzas en cada capítulo, hasta rendir mi alma al demonio de la literatura.
Llevo veinte años en este oficio y he rejuvenecido: ¡soy el resultado de un puro milagro! Jamás he considerado importante que mis lectores sean cientos o miles. Para mí, lo fundamental es nacer, morir y revivir cual ave fénix al terminar mi propia obra.
Mi afición es puro goce y el esfuerzo es mínimo si consideran que escribir me regala grandes satisfacciones y beneficios. Puedo vivir de ello y soy un hombre afortunado cuando siento brotar las historias desde el vientre de la imaginación, cuando mi mente, fantaseando, vuela entre duendes fantásticos. No necesito viajar, me basta sentarme al escritorio y deleitarme; no necesito drogas, vicios o bebidas para divertirme: me basta tener un libro en la habitación que me cohabita.

Hoy voy a comenzar a relataros algunas anécdotas de mi juventud literaria: os lo merecéis, sois mis lectores, lo único que me queda, mi única y apreciada familia.

Estaba viviendo mis peores años cuando emprendí este viaje a los 19. Solía beber todos y cada uno de aquellos días. En realidad, subsistía y cuando utilizaba mi estilográfica, casi siempre después de comer, aún tenía el vaso lleno de vino barato. Mi padre me lo reprochaba, pero me las arreglaba para seguir bebiendo. Aún lo recuerdo: era un lambrusco italiano no muy refinado. No podíamos permitirnos más: su dulce sabor compensaba nuestra pobreza; su calidad, propia de un vino de garrafón, era la desolación de una rutina indeleble. Bebía y seguía bebiendo: el vicio me carcomía las entrañas, anestesiaba mi cerebro hasta la llegada de Morfeo que me poseía con sus agallas metálicas.
Hubo tardes que, afortunadamente, mis neuronas daban señales de vida para permitirme escribir: solía revivir el estado hipnótico de un médium y extendía en el papel mis textos sin ni siquiera pensar, encandilado por una historia que me dominaba. Tanto es así que una noche tuve que enfrentarme a unos pulpos gigantes y a su tinta negra: el día siguiente mis estilográficas estaban vacías…
Quizá el alcohol me ayudó a trabajar sin frenos emocionales, pero mucha de mi suerte se la debo al azar. ¡Mi destino fue piadoso conmigo! ¡Ay... el destino! ¿Dónde estaría yo si no fuera por Jaime? Jaime Hidalgo Ródenas era mi mejor amigo… Afortunadamente nuestras rutinas se enredaron: ahora sé que somos la suma de las preocupaciones de los que nos aman. Todo, absolutamente todo, se lo debo a él, y también estoy en deuda con él por un taller de escritura creativa que me regaló. Ahora sé que fue una pequeña gran inversión, antaño llegué a discutir con él por ello. Yo, tonto de mí, era un bohemio tambaleando por las calles, era un hombrecillo que pretendía gastar una fortuna persiguiendo quimeras y él, mi salvación personificada, me demostró que lo mejor era invertir en la esperanza. ─Confío mucho en ti ─me repetía, una y otra vez. Insistía con ánimo y con fervor: ─algún día te convertirás en un escritor famoso ─coreaba y yo ninguneándole. Un día, tras sus insistencias le pegué una paliza… aún sufro las consecuencias de aquella acción y el fardo de la culpabilidad, pero sobre todo lamento su pérdida...
Después de aquello, acepté el hecho de presenciar las lecciones del curso porque quería tanto las letras como la bebida. Mi profesor se llamaba José Antonio Contreras García, un madrileño de mediana edad adicto a las bibliotecas y a las patatas fritas. Siempre me llamaba la atención su americana ajustada (nunca podía cerrarla), su aspecto rechoncho y esas manos grasientas que lo manchaban todo. Tenía unos dedos regordetes y unas uñas tan sucias que me daban repelús; sus cabellos aceitosos aniquilaban mi voluntad de conocerle más a fondo y su aspecto general avivaba la distancia. Me daba mucha pena y a la vez notaba algún reflejo suyo en mí. Yo borracho de vida, él dueño de su soledad. Siempre me pareció que necesitaba una pareja, una persona que cuidara de él (de hecho, todos tenemos necesidades físicas y emocionales, el truco está en encontrar a la persona correcta que las satisfaga). Pero nunca le vi con una mujer. Nunca descubrí si era gay. Lo cierto es que llegaron a mis oídos muchas habladurías, conversaciones de pasillo, seguramente cizañas… Él era muy bueno, incapaz de luchar contra esas voces malévolas que envilecían aún más su aspecto. Además, no parecía importarle mucho que algunos niñatos le llamaran maricón. A los ocho años había perdido sus padres en un accidente de tráfico y desde entonces vivía con su tío, un abogado que, según decían, cuidaba demasiado de él: en el barrio se cuchicheaba que cada tarde le llamaba para jugar a caballito, para que se sentara encima de él, para que se moviera de cierta forma… ¡a saber si era cierto lo que insinuaban! Lo único que puedo deciros es que algunas tardes llegaba lloriqueando antes de meterse en clase y en otras ocasiones llegaba enfadado, enrabietado contra el mundo. Quizá recordaba a su tío.
En uno de esos momentos de rabia decidió ponernos a prueba: ─Guarden todo y saquen una hoja en blanco. Primera hilera: tema uno. Sí, no se asombren ─nos dijo un miércoles frío y lluvioso. Fue una prueba relámpago y no estuve a la altura. Aún no conocía del todo la magia de la creación, aún tenía deudas con el alcohol. Tuve que crear un personaje extraño y ajeno a mí, tratar el tema de la homosexualidad, desmenuzar muchos de los tabúes de aquella época. No fue fácil, pero analizar mi nuevo protagonista me ayudó a entenderle, a apreciarle. Mi personaje se llamaba Antonio; me inspiré en la vida de mi profesor, José Antonio, o lo que buenamente conocía de ella. Le imaginaba trabajar como drag Queen en un local del barrio de Chueca, en Madrid, para mejorar su economía de profesor mal pagado. Imaginaba cómo se ponía la peluca y el maquillaje antes de salir al escenario, y cómo se enfrentaba a su destino cruel con su vestido rojo pasión. Durante las clases, era tanta la analogía entre los dos que la habitación en penumbras parecía salpicada de rojo: tal vez mis ojos ya no distinguían entre realidad y ficción.  
Empecé a forjar mi héroe de arcilla y ese hombre, su alter ego real, empezó a caerme bien. Era un luchador y estaba orgulloso de él, vi valentía en su actitud, fortaleza en su calma aparente, seguridad en su ropaje; comencé a comprender que las personas pueden agonizar gracias a los prejuicios y le vi luchar contra esos fantasmas, los de una película llena de falsos tabúes que muchos de mis coetáneos reproducían en sus propias cabezas.
Nuestra realidad no es muy distante de las historias que inventamos.
Antonio era padre de dos niños maravillosos, era el marido perfecto para cualquier mujer. Cocinaba, lavaba, planchaba y siempre sabía cuáles eran las necesidades de su familia. Pero tenía una doble vida y unas cizañas malévolas que le perseguían. Había aprendido con los años el arte del camuflaje: sabía esconder perfectamente sus locuras y manías, evitar miradas curiosas y orquestar la mentira más ingeniosa para balancearse con habilidad entre sus dos vidas. Bajo la misma piel había un padre cariñoso y un marido atento, un amante desmedido y un vicioso degenerado.
Día tras día forjaba su figura y sus características cambiaron la visión de mi propia vida. Dos meses después, Antonio estaba listo para salir de la incubadora, para ser real en el mundo virtual de la literatura. Podía observarle con ojos más dulces, su creación me regaló sabiduría y el mundo a mi alrededor mejoró: notaba más paz, más respeto y dialogo, dejé de beber. La actitud en clase y sobre todo el aspecto de Juan Antonio también mejoraron sensiblemente: empezó a llegar a las tertulias limpio y aseado; su perfil era más esbelto, se le veía más feliz. No era consciente de lo que ocurría. Quizá era culpa de una chica, quizá de una nueva ilusión. Deduje que estaba viviendo un momento dulce, que tenía más vida social y que salía más (su palidez había desaparecido, sonreía más). Fue así como sus clases empezaron a tener más éxito. Se generó más expectativa, hubo más entusiasmo y participación, las ausencias se redujeron, la calidad de los textos mejoró sensiblemente. Un mes después, mi compañero Roberto, argentino de la pampa, le pidió: —¿Profe, me dice su celular? Estamos haciendo un grupo de WhatsApp y lo queremos incluir. El cambio físico y emocional de Juan Antonio llegó a su cénit: su luz resplandecía cuando le invitaron a un evento literario.
El lugar era bastante agradable, aunque a la hora convenida empezó a llenarse demasiado. Se escuchaba una música cada vez más sutil, demasiado almibarada para mi gusto y el bullicio de voces sin dueño se estaba haciendo insoportable. Poco después, durante la tertulia, me sentí ninguneado: mi voz se vio enfrentada de continuo con opiniones discordantes, tal vez hubo conflicto entre celos inconfesables. Terminé yéndome: abandoné el acto enfadado y molesto. El problema no fue estar de acuerdo en esto o aquello: el problema era que todos querían capturar la atención del profesor. ¡No! No lo podía creer… y tampoco lo podía aceptar. Tuve que enfrentarme al espejo de las emociones: tenía celos, no quería tanto éxito para él, le quería solo para mí…
Durante los días siguientes volvieron la soledad y lo gris: regresaron las clases sosas y aburridas de siempre y cayó en picado el número de mis compañeros de clase: en un mes la mitad de ellos abandonó el curso y otros diez cayeron enfermos, o eso me dijeron. No supe nada más de todos ellos. Quedaba mi querido profesor. Él seguía en su puesto, aunque todavía le quedaba poco: estaba agrietándose como un coloso de arcilla, como un hombre de arena…

Juan Antonio tenía que morir… tenía que olvidarle.

Mi vida es un libro, dentro de sus páginas me siento cómodo, su mundo fantástico es para mí la vida: Juan Antonio y yo éramos protagonistas, dos caras de una misma moneda hasta que el último lector cerró nuestro libro.

Un saludo cordial,

Eugenio

Mondragón, 29 de noviembre 2016 



Nota aclaratoria:
1.      Juan Antonio, el médico de guardia del manicomio de Mondragón, al recibir la carta de Eugenio, la tiró de inmediato en un contenedor de basura…
2.      Desde los veinte años Eugenio sufre de una depresión severa y de un estado psicótico grave: Jaime, su psiquiatra, murió por sus manos desgraciadas y Antonio, su visión más lograda, es la personificación de un sueño castrado.
3.      La única verdad: su total y absoluta soledad; la única realidad de este cuento es que nunca ha existido. 



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miércoles, 10 de octubre de 2018

La decadencia del otoño





Ecos sin nombres, visión cíclope de paisajes caídos,

óleo de colores deshidratados o mirador de vientos enlutados,

el otoño.




En su reino entenebrado

los bosques son esqueletos sin germinar

y los silencios son letanías desdichadas

de un aire frío

que acarrea las miradas de los muñecos blancos y sin abrigo,

que perpetúa historias nevadas con cicatriz de hombre.



Todos los años el calvario se repite:

organismos de nubes informan de la llegada de cuerpos fatigados,

del peregrinaje de unas almas

que deben atravesar las fronteras de la vida.

Los cíclopes, de caricias nebulosas y de corazón rugoso,

arrastran el espíritu,

sobreviven agarrándose al recuerdo insignificante de sus nombres.



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#poesiaparaelotoño 
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lunes, 21 de mayo de 2018

LA PROFESORA DE MATES



Mis ojos apenas reconocen el olor triangular que la vivía,
apenas recuerdo la suma de su cuerpo
con la multiplicación de mis deseos…
Evoco aquellos días
y el cálculo visual de un mozo que desnudaba sus porqués
con la ecuación de un sueño improbable,
el de restar su edad a la mía,
el de recrear la suma perfecta de un encuentro de dos
trazando un ocho, la fórmula infinita,
un camino de vaivenes que se sostenía con miradas y deseos.
La solución al flechazo me la ofreció la vida:
cambié de clase, nos dividió el tiempo.

Ahora lo sé: soy de letras...





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